Olores e imágenes de su infancia


I

Era temprano. El chico se colocó la mochila, cogió su bicicleta, una BH de paseo, y se puso a pedalear como si fuese la última misión que tuviese que cumplir en su vida.

El comienzo del recorrido, un tramo por una carretera llana y asfaltada, era aburrido. Cuando habían pasado unos cuatro kilómetros, partía de la derecha de la carretera una pista de tierra que se adentraba en una dehesa de achaparradas encinas, que terminaba en un encinar con monte bajo, que era el lugar a donde el chico se dirigía.

Muchas veces se había preguntado el porqué, sin haber encontrado la respuesta, de esa adoración por un árbol que, en principio, no parecía muy llamativo. La flor de la encina es un simple y poco vistoso ramillete verdoso. Las hojas son pequeñas, coriáceas, de color verde mate y bordeadas por pequeños pinchitos que producían arañazos en la piel del chico cuando éste decidía subirse a uno. El tronco es de color marrón, robusto y con corteza rugosa. Y para rematar es un árbol  rechoncho, sin esbeltez. Aun así, al chico le parecía el árbol más bello del mundo.

La zona adehesada era una zona que el chico quería pasar cuanto antes y las encinas que había allí las conocía solo mientras pedaleaba. No entendía pasar por aquella zona sin ese pedaleo rápido y constante.

Lo tenía comprobado. Cuando las piernas empezaban a dolerle, tras cinco o seis kilómetros ya recorridos que, además, terminaban con una empinada cuesta que separaba  la zona de dehesa de la más salvaje de monte bajo, era cuando estaba llegando a una de los lugares que más le gustaban al chico: una charca natural de tamaño medio que recogía las aguas de distintos arroyuelos.

Era en ese lugar donde hacía el primer descanso de la mañana. Se bajaba de la bicicleta, la dejaba en el suelo, se quitaba la mochila y se tumbaba bajo una encina, tras unos arbustos que le permitían esconderse y ver a los animales que merodeaban por la charca (habitualmente cigüeñas y garcillas bueyeras buscando insectos en sus orillas y alguna polla de agua o ánade real nadando en sus aguas; y de forma esporádica cigüeñuelas, algún somormujo y garzas reales). Sin embargo, lo que más le gustaba era impregnarse del olor a monte que todo lo abarcaba.  Las fragancias desprendidas por el tomillo, el cantueso y, sobre todo, por la jara pringosa son imborrables para el que lo conoce. Se impregnan de tal forma en la mente que son imposibles de olvidar. El chico no lo sabía, pero la última razón de esos viajes en bicicleta eran esos momentos en los que, cerrando los ojos, aspiraba el aire que le rodeaba.

El tiempo que permanecía en la charca dependía de lo animada que se encontrase, y también del hambre que tuviese. Al levantarse se volvía a colocar la mochila y se montaba en la bicicleta. Empezaba en ese momento el recorrido que más le gustaba. Para darse el máximo impulso inicial, elevaba el pedal izquierdo casi a la vertical y, con un movimiento seco, dejaba caer todo su peso sobre él. Comenzaba así una carrera loca cuyo primer tramo era un camino que, a unos doscientos metros de la charca, descendía bruscamente. Ese descenso proporcionaba tal velocidad a la bicicleta que en muchas ocasiones perdía los pies de los pedales. El momento más peligroso, y a la vez más emocionante, era el que se producía al final de la cuesta. Allí el camino giraba noventa grados a la derecha, salvando un tapia que se encontraba de forma perpendicular al recorrido que hasta ese momento había seguido la bicicleta. Las primeras veces habían sido momentos de miedo y caídas. Incluso se había hecho varias heridas que, tras el paso del tiempo, se habían convertido en cicatrices de las cuales podía presumir ante las niñas. Sin embargo, la maniobra de giro ya la tenía perfectamente memorizada y la hacía de forma automática. Unos treinta metros antes del murete frenaba apoyando fuertemente el pie sobre la cubierta de la rueda delantera (la bicicleta no disponía de frenos) y cuando empezaba a sentir calor en la planta del pie debido al rozamiento, lo retiraba y comenzaba a girar ligeramente el manillar. Cuando quedaban unos diez metros para estamparse contra el muro, cuando parecía que el choque era inevitable, el chico retiraba el pie izquierdo del pedal, lo apoyaba ligeramente sobre el suelo, y giraba bruscamente mientras tumbaba la bicicleta y derrapaba la rueda trasera. Tras esa maniobra, no se sabría explicar muy bien cómo, la bicicleta había salvado la curva y el chico se ponía de nuevo de pie sobre los pedales para generar el impulso necesario para volver a coger velocidad.

Le quedaban unos quinientos metros para el segundo punto de parada. Quinientos metros llenos de baches y toboganes que el chico iba sorteando con maestría. El lugar al que llegaría en breve era su escondite secreto. Un claro entre unas jaras de unos dos metros de altura. Allí se tumbaba hasta que su corazón dejaba de latir. Mientras, le gustaba fijarse en pájaros como rabilargos, petirrojos, carboneros o herrerillos. Su colores: rojos, amarillos, blancos, negros, azulados… eran tan llamativos que parecía mentira que unos pájaros tan pequeños pudiesen disponer de esa gama cromática.

Una vez descansado era el momento de almorzar la comida que llevaba en la mochila. De entre las cosas que solía llevar, eran las croquetas que le hacia su madre lo que más le gustaba. Había visto que no eran complejas de hacer. Su madre, debido a que se había criado en una ciudad costera, siempre las hacía de pescado. Bueno, en realidad, de sobras de pescado. Se había fijado que su madre tenía ciertos tics que siempre repetía al cocinarlas. Mezclaba mitad de mantequilla con mitad de aceite. Luego agregaba la harina que tostaba con la grasa. La mezcla, según le parecía al chico, quedaba brillante. Luego su madre agregaba la leche y empezaba a darle vueltas poco a poco con un tenedor, formando así la masa. Cuando aún no estaba sólida agregaba el pescado, que había desespinado y migado previamente. Cuando la masa estaba a punto de estar en su punto, que su madre le había dicho que era cuando ésta se despegaba de la base de la sartén al moverla con el tenedor, aunque el chico no entendía bien qué quería decir eso, añadía un poco de pimienta molida, una pizca de nuez moscada y sal. Tras ello retiraba la masa de la sartén y la dejaba enfriar. Una vez fría era el momento de dar forma a las croquetas, a lo que el chico ayudaba. Su madre las hacía con un par de cucharas, pero a él le gustaba formarlas con las manos. terminadas, el rebozado con harina, huevo y pan rallado era, de nuevo, asunto de su madre.

Su madre siempre se las freía, nunca más de tres o cuatro, la noche anterior y cuando se las comía en su escondite entre jaras estaban ya arrugadas y frías. Aun así, aquel momento en el que el chico se acercaba las croqueta a la boca era de tal complacencia, que le habría gustado repetirlo el resto de mañana. El placer no solo procedía del sabor espectacular de lo que comía, sino también de su aroma. El momento en el que le daba el primer bocado con sus incisivos, y la croqueta se abría, el aroma yodado a mar se mezclaba con el alcanforado de monte y esa mezcla, que a cualquiera le habría parecido, de surrealista, desagradable, a él le parecía el descubrimiento aromático más increíble. Cuando las terminaba seguía durante un rato viendo pájaros y apuntando ideas en la libreta que siempre llevaba encima.

Cuando se aburría de estar en su escondite, era el momento de la improvisación. Allí mismo decidía si iba por un camino con la bicicleta, o la dejaba allí y se iba andando en busca de rastos de animales y egagrópilas. Así pasaba el resto de la mañana, inundándose de las visiones y olores de ese encinar que tanto le gustaban.

El momento de la vuelta a casa siempre era duro. Estaba cansado y se alejaba de su paraíso. Sin embargo el recuerdo le duraba lo suficiente como para alimentarle toda la semana.

II

El chico dejó se ser chico. Los avatares de la vida le habían llevado a vivir a una ciudad muy alejada de su pueblo natal. Aunque le proporcionaba muchas ventajas estar en aquel lugar, tenía un gravísimo inconveniente: no existían encinares con monte bajo a los cuales ir a pasar las mañanas.

El chico, que ya no era tan chico, tenía, sin embargo, una escapatoria. De vez en cuando cocinaba las croquetas que su madre le había enseñado a hacer. Al llevárselas a la boca, tras el primer mordisco con sus incisivos, el olor de la croqueta le hacía cerrar los ojos. Entonces sonreía y, como por arte de magia, aparecían en su mente el resto de aromas de aquellas mañanas entre encinas, tomillos, cantuesos y jaras; entre colores y sonidos de pájaros; aquellas mañanas de recorridos locos en bicicletas. Si estaba acompañado, habitualmente le preguntaban el porqué de esa sonrisa. Él abría los ojos, y lo único que contestaba era: “nada, no pasa nada, recuperando olores e imágenes de mi infancia”.

Receta de croquetas de sobras de pescado

Ingredientes (para unas 30 croquetas de tamaño grande):

  • 350 gramos aproximadamente de sobras de pescado.
  • 1/4 de cebolla (70 gramos aproximadamente).
  • Mantequilla (70 gramos aproximadamente).
  • Aceite de Oliva Virgen Extra (70 gramos aproximadamente).
  • Harina (200 gramos aproximadamente).
  • 1 litro de leche.
  • Pimienta.
  • Nuez moscada.
  • Sal.

Elaboración:

Se pican y desespinan las sobras de pescado. Si son de pescado rebozado hay que intentar quitar la harina y huevo que hayan quedado adheridos en el pescado.

Se pone en una sartén u olla baja la mantequilla y el aceite a calentar. Se corta en trocitos la cebolla (brunoise) y se pochan en la sartén. Cuando esté pochada se agrega la harina y se tuesta. Una vez tostada se puede agregar el pescado o empezar a agregar la leche que hay que calentarla previamente. Si se incorpora el pescado, que es lo que yo he hecho en este caso, éste quedará más deshecho. Si procedéis así, una vez incorporado el pescado se empieza echar la leche caliente en unas cuatro veces más o menos, removiendo la masa con unas varillas entre ellas. Si no se ha echado el pescado al inicio, se puede hacer en el momento que deseemos. La masa estará terminada cuando ésta se despegue del fondo de la olla con la varilla o un tenedor.

Se deja la masa enfriar en una fuente grande para que la masa quede extendida sobre él. Para que no se forme costra en la parte superior, que luego dificulta la formación de la croqueta, se debe tapar con papel film que estará en contacto con la masa.

Una vez fría se forma la croqueta con dos cucharas o con las manos, como se prefiera, y se empanan. El empanado queda mejor si es con pan rallado, huevo y pan rallado, en vez de la forma habitual que es con harina, huevo y pan rallado. Una vez empanadas se fríen poco a poco en una sartén con abundante aceite caliente. Para ver una explicación más extensa sobre el procedimiento de fritura de las croquetas puedes ver la entrada de las croquetas de queso de la Serena y uvas pasas.

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4 respuestas a Olores e imágenes de su infancia

  1. comoju-Cova dijo:

    despues de leer esto, la verdad es que no sabría muy bien que poner pues me quedaría corta para decirte todas las sensaciones que produces con este relato.
    Por lo pronto transportas a ese paraíso que tu dices y que tan bien describes, y que haces que incluso se pueda revivir cada detalle que vas relatando

    Choca ese contraste del mar de la receta con ese enclave, pero al final, todo el conjunto queda espectacular como esta entrada tuya y como te han quedado esas croquetas

    Gracias por todo, y por estos relatos que siempre acompañan a tus recetas, que las hacen tan especiales

    Un besote

  2. Santiago dijo:

    Gracias a ti, Cova, por estar siempre ahí animando y dando impulso con tus comentarios para que esto tire para adelante.
    Y sí, puede parecer contradicción lo de mezclar el paisaje de los encinares con los olores a mar, pero, precisamente por eso, me gusta más 🙂
    Un abrazo

  3. Holly Cocina dijo:

    Vaya historia Santiago!

    Y menudas croquetas, qué hambre!

  4. Delantal dijo:

    Qué bien escribes esas notas de paisajes y recuerdos¡¡
    Las croquetas te quedaron perfectas d epunto y de color, imagino el sabor¡¡

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