A mí lo que me gusta es el fuego… y, también, una corvina a la brasa con aceite de romero y ajo.


“¡Niño, no juegues con el fuego que te orinas en la cama!” ¿Quién no ha oído nunca esas amenazantes palabras que nos dedicaban nuestros padres en nuestra más tierna edad?

A mí me gustaba el fuego y jugaba con él: la lumbre en la cocina vieja, donde el hogar recogía los rescoldos de la hoguera que se encendía para calentarse en invierno; la pólvora que había en el doblado del cortijo y que, insensato de mí, encendía tras hacer un reguero que terminaba en un montoncito que destelleaba violentamente cuando la llama llegaba a él; los experimentos del quimicefa, ese juego eterno que en sus primeros tiempos venía con un mechero de alcohol que te permitían calentar los más variopintos productos químicos (tóxicos o no) en matraces y tubos de ensayo; una cerilla, ver como se consumía, y esperar hasta el último instante para soplar, justo antes de quemarte los dedos; el brasero de picón de mi abuela que, para su desesperación, ya que normalmente lo apagaba, removía con el atizador. Como digo, me gustaba jugar con el fuego y no recuerdo que nunca me haya orinado en la cama por su culpa. Si lo hubiese ocurrido seguro que no hubiese vuelto a jugar con él… ni seguiría haciéndolo.

Mi actividad piromaniaca en la actualidad es mucho menor y, además, la he canalizado encontrando una utilidad que me permite justificarla: aprovecho el momento de encender la barbacoa. Me sé la teoría para encender la barbacoa perfecta sin malos olores. Que si hay que emplear aceite de oliva para impregnar un papel que irá encendiendo poco a poco el carbón. Que se pueden usar piñas de pinos piñoneros que gracias a su resina arden durante el tiempo suficiente para que prendan los tizones. Incluso, en un alarde del scout más avezado, que podemos usar ramitas finas que poco a poco irán encendiendo ramas más grandes para, al fin, terminar formando las brasas. Me sé la teoría, digo, pero no. A mí me gusta usar productos inflamables, de rápida acción y alto poder calorífico. ¡Fuego, fuego!

Tras haber usado muchos productos (pastillas y líquidos de distintos tipos y consistencias), lo que me más gustan son los geles inflamables. Las razones son que con ellos consigo que el olor sea mucho menor que con cualquier otro producto; que el tiempo que permanecen ardiendo es mayor, por lo que es más sencillo prender los leños; y que lo pueda distribuir por donde yo quiero. Lo que hago es verter gel abundantemente sobre el carbón vegetal y, con un soplete de cocina, lo enciendo (siempre desde el fondo de la barbacoa hacia el exterior. Mayormente por no quemarme las manos). Eso sí, antes me aseguro de haber recogido el toldo, que aunque dicen que es ignífugo, no me fío. ¿Los vecinos y la aseguradora?… creo que aún no han visto nada.

De todas las cosa que hago en la barbacoa, una de las que tienen más éxito es la corvina con aceite de romero y ajo. Quizás sea porque en Extremadura, por la abundancia de cerdo ibérico, no es muy habitual hacerlas de pescado. Os dejo la receta. Espero que os guste y ¡cuidado con el fuego!

Corvina a la brasa con aceite de romero y ajo

Ingredientes:

  • Una corvina (la que yo empleé pesaba un kilo y cuarto aproximadamente).
  • Aceite de Oliva Virgen Extra.
  • Romero.
  • Ajo.
  • Sal gorda.

Elaboración:

  1. Encendemos la barbacoa, como os he explicado (no me hago responsable de lo que pueda ocurrir) o como vosotros acostumbréis, y la dejamos reposar un rato (entre 20 y 30 minutos dependiendo de la cantidad de carbón usado y de si ha prendido bien o no). Con esto se consigue que el fuego no esté muy vivo al poner el pescado. Una referencia para saber si el carbón está bien es ver cuándo empieza a formarse ceniza sobre su superficie. En ese momento está listo.
    Para hacer el pescado es muy conveniente emplear una parrilla que se pueda cerrar, ya que nos permite darle la vuelta sin que se nos rompa (yo en mi caso, como se puede ver en la foto, empleo dos medianas). Estas parrillas, estarán, a su vez, sobre la que tenga la barbacoa que colocaremos a unos 15 o 20 centímetros de las brasa. Es muy importante que las parrillas estén calientes cuando pongamos el pescado sobre ellas. Si están frías lo que ocurrirá es que éste se pegará, pudiéndose romper cuando queramos abrirlas para servirlo en la fuente. Para calentarlas se mantendrán mientras las brasas están reposando sobre ellas.
  2. Mientras se enciende la barbacoa y reposa, preparamos la corvina. Le habremos dicho al pescadero que la limpie, la desescame y la abra en libro sin quitarle la cabeza (la espina central puede eliminarse si se quiere, aunque yo suelo dejarla). La lavamos sobre un abundante chorro de agua fría y le hacemos 3 o 4 cortes (dependiendo de su tamaño) en los lomos . Salamos con la sal gorda abundantemente por el exterior y, en menor medida, por el interior.
  3. Abrimos las parrillas y ponemos la corvina abierta con la parte interior hacia abajo. Cuando esté hecha le damos la vuelta empleando la parrilla cerrada. Lo más importante, como es obvio, es el punto que se le dé al pescado (en las de carne también es importante, pero en ese caso es más sencillo), ya que como nos pasemos quedará demasiado seco. La corvina, que como os indiqué en la lista de ingrediente era de un kilo y cuarto, estuvo asándose en la parte interior unos cuatro minutos aproximadamente y la parte exterior unos cinco minutos. Sin embargo este tiempo es puramente orientativo, ya que depende, además del tamaño del pescado, de cómo de fuerte esté el fuego o de la distancia a la que esté de las brasas.
    Una vez asada la corvina la colocamos sobre una fuente con la parte interior hacia arriba.
  4. El aceite de romero y ajo lo preparamos echando un dedo de AOVE en una sartén, calentándolo a fuego medio y agregando, al gusto (a mí me gusta bastante cantidad), unas hojas enteras de romero fresco. Dejamos el romero unos minutos (cuidado de que no se queme) en el aceite para que éste tome sabor y agregamos, rallando con un rallador o con un microplane de tamaño medio, un par de dientes de ajo. Dejamos uno o dos minutos el ajo en el aceite caliente (es importante que el ajo no se queme, aunque sí que tome algo de color).
  5. Vertemos el aceite de romero y ajo sobre la corvina. Si queremos podemos acompañar al pescado con unas patatas cocidas con su piel, abiertas a la mitad y rociadas con AOVE en crudo.

Notas:

  1. A mí me gusta mucho la corvina para hacerla a la brasa, pero se podría sustituir por otros pescados. Un buen róbalo salvaje, como os expliqué en esta entrada, es también un bocado inenarrable.
  2. El aceite de romero lo podemos preparar mientras reposan las brasas o mientras se está haciendo el pescado, aunque sólo la parte del romero y teniendo cuidado de que no se quemen las hojas. El ajo sí debe hacerse después de sacar el pescado para que no se os queme y para que el aceite en el momento de echarlo sobre el pescado esté caliente.
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2 respuestas a A mí lo que me gusta es el fuego… y, también, una corvina a la brasa con aceite de romero y ajo.

  1. Qué buena pinta, Santiago!!! Con un chicharro grande también quedaría muy bine, verdad???

    • Santiago dijo:

      ¡¡Gracias Elena!! Seguro que sí, aunque a mí el pescado azul me gusta más ponerle, después de pasarlo por la parrilla, un picadillo de tomate, cebolla y pimientos. Vamos como se comen las caballas en Cádiz 🙂

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